GRACIAS Por Marcos Pérez Esquer
El cierre del año suele ser ocasión para balances apresurados, propósitos grandilocuentes, y conclusiones definitivas. Pero quizá debiera ser solo una pausa. Una pausa para la reflexión. Una pausa en medio del ruido, del cansancio y de la exigencia cotidiana, para agradecer -sin simulaciones- lo recibido, y para valorar -con honestidad- lo vivido.
Porque agradecer no implica idealizar. Este 2025 tuvo luces, sí, pero también sombras profundas. Hubo momentos de alegría sincera y otros de dolor que no se desean a nadie. Hubo aprendizajes que llegaron con suavidad y otros que irrumpieron a golpes. Pero con todo, aquí seguimos. Gracias.
Cerrar el año también es revisar en qué fallamos, no para castigarnos, sino para poner en claro que cometimos errores, que tuvimos miedo, que dudamos, pero que, aun así, continuamos. Gracias.
Para algunos, 2025 fue un año de pérdidas, de ausencias, de duelo. Para otros pasó casi sin dejar huella. Para algunos más, un año de logros y metas cumplidas. Así es la vida, y está bien. A veces viene con flores, y a veces con espinas. Pero, estamos aquí. Gracias.
También es momento de agradecer a la familia, que es raíz y refugio; esa red de apoyo incondicional que existe incluso en el silencio y a la distancia. Hay algo profundo en ser testigo de la vida de alguien desde el principio, o en que alguien lo sea de la tuya. Estas personas conocen nuestra versión más vulnerable, pero nos hacen fuertes. Gracias.
Gracias en especial a mi esposa, por elegir este camino de hacer una vida juntos en el que su amor y dedicación han traído mi felicidad más absoluta. Y a mis hijos, de quienes aprendí a amar de formas que no sabía que existían, y que me obligan a ser mejor persona, “porque me están mirando”.
Gracias a las amistades que acompañan nuestras vidas. Los escogimos a ellos y ellos a nosotros. No están ahí por obligación, sino por genuino afecto. Están ahí cuando nos divertimos y cuando los necesitamos. Gracias.
Gracias a los compañeros de trabajo y de la escuela, que nos ayudan a crecer en lo profesional y a dar pasos firmes. En especial a esos que hacen del espacio de trabajo uno más humano y cálido. Gracias.
Gracias a mis maestros y a mis alumnos. Maestros que dedican su tiempo al crecimiento de los demás, y que suelen ser los primeros en detectar e impulsar nuestros talentos; y alumnos que mantienen viva nuestra mente, nos obligan a clarificar nuestras propias ideas, nos hacen ver la vida desde nuevos ángulos y nos hacen ser mejores. Por eso dicen -y dicen bien-, que el maestro aprende dos veces. Gracias.
En el fondo, familia, amistades, colegas, nos recuerdan que no estamos solos en este mundo, que somos importantes para alguien y que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Que somos comunidad. Gracias.
Por cierto, este año me confirmó que no estoy dispuesto a consentir el deterioro de mi país, ni a normalizar el avance de la violencia, el autoritarismo, la corrupción y el desprecio por la dignidad humana. Me duele. Me indigna. Y precisamente por eso, me compromete. Porque cerrar los ojos es una forma de renuncia, y cerrar la boca una forma de complicidad. Pero también me confirmó que tengo un país que me encanta, que me enorgullece y al que adoro. Gracias.
Y claro, gracias a usted, a usted que me lee y que hace que esta columna semanal no sea solo un diálogo conmigo mismo. En este mundo saturado de información, valoro enormemente su atención. Gracias.
Cerrar el año con gratitud no es ingenuidad. Es memoria y es resistencia. Es una forma de decir: reconozco y valoro lo que tengo; nadie me lo quitará sin luchar.
Que 2026 sea un año de crecimiento, paz y fortaleza. Un año para caminar con sentido, para caminar la ruta de lo que realmente vale la pena en la vida. Sin perder la capacidad de asombro, ni la indignación frente a lo injusto. Ni -sobre todo- la gratitud por estar vivos y juntos.
Gracias.


