Una democracia para el siglo XXI

Esther Quintana.- Del latín videre proviene la palabra francesa vedette, y es que en el siglo XVI se le llamaba así al centinela de la tropa que vigilaba los movimientos del frente enemigo. En el siglo XIX se le dio otro sentido, con él se distinguía al primer actor, cuyo nombre aparecía en los carteles hasta arriba. Hoy día se designa a la figura femenina que tiene el papel principal en el teatro de variedades o en el cabaret. En el diccionario de la Real Academia Española dícese de aquel que “busca hacerse notar en algún ámbito y goza de la admiración del público”.
El actor Antonio Banderas apunta que los políticos son las nuevas vedettes del siglo XXI. Y tiene razón, todavía no empiezan ni siquiera los tiempos de la precampaña para la elección que tendremos en Coahuila el próximo año y algunos de los suspirantes ya tienen sendos espectaculares por todos lados de la entidad, más el reparto de volantes aquí y acullá y el placeo a todo que da. No sé si gocen los ínclitos del favor del electorado, pero de que quieren hacerse notar no me cabe la menor duda, pasándose por debajo de las extremidades inferiores las disposiciones jurídicas. Lo cual no es ninguna novedad, siempre ha sido el “deporte” favorito brincarse la ley y que no les pase nada.
La vieja política mexicana sigue vigente, sin ideas nuevas, pura repetición de lo trillado. Y viene a mi memoria lo que Ortega y Gasset decía al respecto de la política española: “Una lengua sin luz ni temperatura, sin evidencia y sin calor de alma, una lengua triste que avanza a tientas. Los vocablos parecen viejas monedas de cobre, mugrientas y sin rotundidad, como hartas de rodar por las tabernas mediterráneas”. Le va como traje a la medida a la diatriba política de hoy, se arrastra la misma osamenta manoseada, se exhibe sin prurito alguno la mercancía dañada, el pasado de herrumbre, sin sustancia. Una cartelera política cargada de reestrenos, en los que se bandea lo de siempre. Si no nos reinventamos, vamos a morir. Igual que los dinosaurios.
Nuestra democracia siempre ha sido blandengue, pero hoy me parece que el principal problema que tenemos es la falta de confianza generalizada de la gente hacia sus autoridades y la falta de respeto de éstas hacia la gente. Por lo tanto, las dos grandes macro ideologías del mundo contemporáneo, que son el populismo y la tecnocracia, tienen en común que son parte del virus que genera la desconfianza. A todas luces se ha sobrepasado el umbral del que ya no es posible que funcione de manera aceptable.
La democracia es un sistema que reconoce la soberanía del pueblo −valor sustantivo de la vida democrática−, pero, al mismo tiempo, establece procedimientos para limitar ese poder. Ese poder está limitado por el imperio del orden jurídico. Tenemos por ende que crear una estructura en la que sistemas, procedimientos e instituciones, le abran la puerta a una gobernanza inteligente. Porque no debemos perder de vista que una parte importante de nuestros problemas sociales y políticos derivan de que en muchos de los cargos públicos hay gente incompetente, y en eso hay mucha responsabilidad de parte nuestra, toda vez que al grueso de la población no le quita el sueño que llegue Juan o que llegue Pedro, no nos molestamos en enterarnos de su trayectoria, nos conformamos con el espectacular y el volante en el que se “vende” a la vedette.
Por ello es importante que nos ocupemos más de las reglas, de la interconexión bien organizada de las estructuras del poder. Una nación está bien gobernada cuando a pesar de tener gobernantes malos es capaz de resistirlos. Durante estos 200 o 300 años de democracia moderna hemos visto configurarse sistemas de gobierno, estructuras institucionales que le han dado a la democracia viabilidad, no la ideal, de ahí que tengamos presente que el ADN de la democracia está hecho para gente común y corriente, para el votante y el político medio. No somos en la generalidad individuos con el coeficiente intelectual de Albert Einstein, ni un dechado de virtudes, somos simplemente personas con luces y con sombras.
Por eso no hay que centrarnos en ese 10 por ciento de personas con valores, ni tampoco en el otro 10 por ciento de corruptos y viciosos. Diseñemos la política para el 80 por ciento que conformamos el común. Informémonos y participemos, eso compensa la mediocridad de los actores, empecemos por revisar nuestra calidad de votantes.
Mentar madres entre cuatro paredes es absolutamente estéril. Volvámonos la sombra de un funcionario público, revisemos si está cumpliendo con sus funciones y deberes. Y eso no es pérdida de tiempo, es asumir nuestra investidura ciudadana y exigirle al que le estamos pagando que nos sirva, que para eso se alquiló. No confíe en ningún candidato que no tenga respeto por el orden jurídico, es un sinvergüenza y así va a actuar cuando llegue al puesto. ¿No está usted harto de tanto pillastre? Quíteselos de encima el 2023. De usted depende.